Los y las jóvenes de abril ¿de dónde venimos?

Anónima.  Joven feminista nicaraguense, investigadora por vocación y entusiasta de la agroecología.

Fotobordado: Alicia Henríquez y LaFritangaNica

 

Desde inicios de abril de 2018, los jóvenes nicaragüenses se movilizaron para protestar ante los abusos y negligencias del régimen Ortega-Murillo de una forma no vista antes: autoconvocada. Como una ‘joven’ –al menos al momento de escribir este artículo– considero que es una de las características que dio más poder, en términos de identidad y legitimidad, a quienes protestamos y a nuestras demandas de cambio.

En este breve artículo, quiero explorar algunas (de las muchas) condiciones previas a la participación y liderazgo de los jóvenes en las protestas cívicas iniciadas  en 2018. Quiero destacar la importancia que tiene la dimensión histórica en mi texto. Mientras escribo este artículo, en Nicaragua nos encontramos ante una crisis de liderazgos, credibilidad, y propuestas de acciones de los principales actores de oposición, incluyendo a muchas de las facciones estudiantiles surgidas a partir de abril. Las razones de esto son varias, y van más allá del alcance de este artículo. Pero considero importante ‘mirar hacia atrás’ de una forma crítica, con la esperanza de que el autoexamen nos permita aprender de nuestros desafíos y dificultades, y también de pautas para las oportunidades y prioridades de los jóvenes en Nicaragua. A continuación, explicaré tres elementos que he identificado como claves para la participación de los y las jóvenes en las protestas de abril.

Hogares autoritarios sin memoria movilizados por el miedo

Los hogares de los que provenimos los jóvenes de Nicaragua son muy heterogéneos en términos de procedencia y composición de nuestro núcleo familiar. Sin embargo, un elemento común en nuestras familias es lo presente que está la memoria de la guerra de una forma paradójica. Por un lado, todos crecimos escuchando el deseo de nuestros padres de que nosotros no “la vivamos”. Para muchos, esto ha significado escuchar lecciones “desmotivando” el involucramiento en la vida política de nuestro país, comúnmente descrita como corrupta e incorregible. Asimismo, a partir de sus experiencias de carencia y miedo sufrido durante “la guerra” muchos de nuestros padres han impuesto en nuestros hogares una cultura basada en la búsqueda de mayor bienestar (económico) como meta de “desarrollo” y el individualismo como pauta de conducta.

Por otro lado, está la falta de conocimiento que la mayoría de los jóvenes tiene de la historia socio-económica y política de las últimas décadas de nuestro país (al menos hasta 1990). Si bien nuestros padres nos contaron de “la guerra” y la “revolución”, lo hicieron desde una perspectiva anecdótica (y a veces hasta romántica), relatando lo que (no) comieron, los disparos que oyeron (o hicieron), cómo huyeron, etc. Muchos de quienes votamos en 2006 con 16 años de edad, y en los años siguientes – después de una estratégica reforma electoral – no teníamos ni idea de qué era un “contra”, cuáles eran las condiciones del embargo estadounidense, a qué se debió la hiperinflación de finales de la década de los 80; mucho menos cómo “todo el pueblo se unió y sacó a Somoza”. Esto fue y sigue siendo utilizado por el régimen gobernante como parte de sus estrategias y campañas electorales.

Así, aunque todos crecimos escuchando de “la guerra” y la “revolución” y sus consecuencias para nuestras familias, la mayoría no sabíamos lo que significaron concretamente estos procesos políticos en la historia y democracia de nuestro país.

La instrumentalización de la participación política de los jóvenes previo a 2018

A pesar de lo descrito anteriormente, también es necesario reconocer que previo a la crisis de abril los jóvenes habían estado presentes en la arena política. Sin embargo, en su mayoría esto era ejerciendo un rol instrumental para los poderes fácticos políticos y económicos. Dos ejemplos clave de esto son la representación de los jóvenes en UNEN y los jóvenes como parte de los grupos de choque ante las protestas de sociedad civil, ambos manejados por el gobierno de Ortega-Murillo. En el primer caso, desde los 90 –cuando Ortega gobernaba “desde abajo”– la mayoría de los liderazgos de UNEN y sus adeptos han respondido al llamado de Ortega a tomar calles y protestar, lo que ha sido premiado con beneficios económicos y hasta políticos (presidentes de UNEN que se vuelven diputados). De aquí que muchos estudiantes universitarios no se sientan identificados ni representados por esta estructura organizativa. Especialmente las mujeres, que hemos estado ausentes de este espacio. El segundo caso corresponde a jóvenes urbanos varones que viven en condiciones de precariedad, en muchos casos miembros de pandillas, que son reclutados para intimidar y dispersar manifestaciones, desde la llegada de Ortega al poder en 2007, a cambio de una remuneración económica de “doscientos pesos” por día.

Un sistema educativo que nos ha fallado y nos sigue fallando

Un último elemento, relacionado con los dos descritos arriba son las deficiencias en la educación nicaragüense, que van más allá del sistema educativo formal. Además de la Campaña Nacional de Alfabetización de los 80 –enfocada en crear habilidades técnicas– no ha habido ningún esfuerzo de nación por tener un sistema educativo que forme y celebre individuos críticos y propositivos sobre su realidad. Peor aún, desde el gobierno de Ortega se han utilizado los centros escolares públicos como espacios de adoctrinamiento de niños y jóvenes. Estos son instrumentalizados en eventos políticos y son remunerados en sus boletas escolares (existe la orden no escrita a los docentes que ningún estudiante de escuela pública reprobará bachillerato) y económicamente (a través del bono de C $1 000 entregado a los bachilleres graduados ). Este último elemento es muy preocupante por sus repercusiones en nuestra sociedad en el largo plazo.

A pesar de las debilidades estructurales en el sistema educativo nicaragüense, el limitado espacio para la participación y movilización política, la intimidación, y la carencia de una memoria histórica sobre los eventos relevantes de nuestro país, los jóvenes nicaragüenses han salido a las calles a protestar. La rabia ante los abusos a las personas más vulnerables y la Naturaleza, sumada  a la conciencia de necesidad de cambio pudo más. El reto actual está en cómo canalizar esta indignación hacia un proyecto de transformación socio-política con visión de justicia social.